Volver

Familia y sociedad
Los colegios como rehenes de una sociedad sitiada

Articulo redactado por Don  Jorge Moutafián, Director  del Colegio Alcántara de los Altos de Peñalolén, que reflexiona  en torno  al sistema educacional, la familia y la sociedad chilena.

La sociedad hoy ha depositado un conjunto de expectativas en las instituciones escolares no tanto por la capacidad de éstas de responder a las necesidades formativas de los niños y los jóvenes sino por la incapacidad que muestran el resto de los actores para asumir este desafío.

La perturbación de las redes solidarias y el establecimiento de una ética que reduce la motivación para la acción a la propia conveniencia inmediata plantean serios problemas en la formación de toda una nueva generación.

La atención de la niñez y adolescencia se centra más en los intereses mercantiles que en una visión de lo humano y lo social de cara a ala contracción de un futuro mejor para los hombres y mujeres que protagonizarán el futuro inmediato.

Vivimos con la visión de un mundo que ya no es, donde los valores que lo afirmaron se fueron desmoronando imperceptiblemente. No pocas decepciones nos ponen frente a sentimientos contradictorios: creemos aún en que un mundo mejor es posible y a la vez descalificamos, por lo ingenuo de creerlo, a quienes trabajan en ello. Esta ambigüedad adulta tiene enormes costos en la formación de la nueva generación que ni siquiera imaginamos aún.

Este mundo poco estimulante en lo social nos atrinchera en lo individual, en la búsqueda de caminos personales. Los otros ya no son un problema mío, son recursos en mi proceso individual o amenazas a éste. Vamos construyendo así un mundo poco amigable y lleno de temores y desconfianzas que transmitimos a la nueva generación. 

Nos escandalizamos por el hecho de que los jóvenes no están ni ahí, sin formularnos como adultos la pregunta: ¿qué les ofrecemos ahí que valga la pena estar?; quizás sea oportuno preguntarnos como adultos: ¿dónde estamos nosotros?, ¿en qué creemos?, ¿actuamos según lo que decimos que creemos? Los jóvenes nos ven hipócritas e inconsistentes, mimetizados con un relativismo lleno de contradicciones insostenibles, justificando todo por la necesidad de trabajar o por la carencia del trabajo.                                                                                                                     

El derrumbe de los modelos sociales adultos, es señal evidente del agotamiento y del fracaso de este sistema social, pero también es el punto de partida para el inicio de una trasformación social. Surgen por doquier grupos diversos que comparten el mismo objetivo, reconstruir el tejido social buscando nuevos núcleos semánticos que devuelvan el sentido a lo humano. En esta búsqueda surgen infinidad de preguntas  que deben replantear nuestra relación con los jóvenes y los niños.

¿Cómo proteger desde la propia desprotección?
¿Cómo escuchar si nadie nos escucha?
¿Cómo enseñar la colaboración, si el tiempo de su construcción no está valorizado?
¿Cómo responder, si no tenemos claridad sobre la validez de nuestras propias respuestas?
¿Cómo contener cuando la incertidumbre y la falta de respuestas sociales nos dejan si voz?  

El mundo ha aceptado el abandono de la infancia y adolescencia y ha depositado en los colegios la esperanza de su reparación. El colegio aceptó el desafío, un poco por ingenuidad y omnipotencia y otro poco quizás por vestigios históricos de su antiguo prestigio y poder

Directivos y docentes conviven entre violencias de todo tipo que atraviesan el ejercicio de su rol y encarna una demanda urgente de apoyo especializado para su función docente  y para la orientación de la familias de sus comunidad.

La familia, por otro lado, cansada quizás de buscar respuestas en el propio sistema incrementa sus reclamos no siempre con claridad y con  adultez. La “culpa por el abandono” provoca a veces la búsqueda compulsiva del culpable y en las más de las veces ese “otro” que carga con la acusación, es el propio colegio donde su hijo se educa.
¿Será que la escuela es el único lugar social donde todavía se los escucha?

Sin embargo, la demanda familiar es fundamentalmente declarativa. Cuando los espacios de participación y construcción se abren, las familias generalmente no se apropian de ellos, no están ni ahí.

Familia y colegio, no siempre consiguen el encuentro y la interacción adecuada, es frecuente observar en ambos sistemas, fuertes acusaciones sobre el malestar por la tarea no cumplida. La “culpa no reparada” por la sociedad, se instala de esta forma como un obstáculo para la  integración, la coherencia y la contención que la niñez necesita para su evolución

Es clave mirar de manera distinta la educación de la niñez y la adolescencia, mirarla desescolarizadamente. Nunca antes un niño o joven pasó tantas horas en un sistema escolar, a partir de la jornada escolar completa, los estudiantes pasan 8 horas en sus colegios; concomitantemente con ello quizás nunca antes la influencia del colegio en la formación de los niños tuvo tanta competencia de otros

 actores sociales ( ni familiares ni escolares): las multimodas de consumo rápido, los medio de comunicación digitales y, como señalamos antes, una contracultura que signa la dinámica cotidiana sobre bases muy distintas a la de los proyectos educativos.

Depositar desproporcionadamente las expectativas educativas en los colegios es negarse a asumir que nuestros niños y jóvenes están siendo formados por factores intangibles sin ninguna posibilidad de control por parte de padres y maestros.

Esta resistencia puede tener su origen en el temor o en la incapacidad para asumir el control por parte del entrono social inmediato de los niños y jóvenes. Los padres pues están preocupados por ampliar los ingresos o para responder a las crecientes necesidades de consumo intrafamiliar, los colegios dado a que están inducidos por políticas públicas a mejorar  sus resultados académicos medidos   en pruebas estandarizadas donde lo profundamente humano no encuentra lugar.

La prospectiva es desalentadora si no se reedita una alianza entre las familias y sus colegios que recreen nuevos liderazgos para enfrentar las nuevas problemáticas que tiene como rehén a una generación.